jueves, 30 de julio de 2009

Ya ni dar la hora se puede, hermano!!

Por cuestiones de salud (de testarudez y boludismo para consigo misma) de quien suscribe, este portalito quedó a la deriva durante una semana, como si lo último que vio desde las alturas del Mate fue el intento desesperado de la nieve por querer entrar por un bache que la Dirección de Transporte Firmamental casualmente arregló. Sin embargo, acá estamos, acá seguimos, y del Mate tendremos que ponernos para salir adelante (si, tomar conciencia, de eso se trata… y eso trato).

En medio del reposo absoluto que se le encomendó a esto que les escribe (que no es una máquina, más allá de la corta edad…aunque tardó en darse cuenta de ello), y antes de él también, a Sabrina le cayeron como extraños copos de nieve (siguiendo con el tema que dejó con una vena de ansiedad a las tres cuartas partes de Tandil, aunque tal vez me quede corta con la cifra) unos cuantos hechos, con posibilidad de nota (concreta y no aparente).

Entre ellos, aquí va uno que por esas razones de fuerza mayor quedaron latiendo en el tintero por unos días. El siguiente relato que presentamos es verídico, realísimo y verdadero. En fin, sucedió en el perímetro de nuestra aldea. Y al parecer, ya es toda una señorita…modalidad de robo. Por lo tanto, no tratamos de alarmarlos, pero… esténse prevenidos. Parece ser que un grupo de jóvenes anda atacando a otros de su mismo grupo de edad y algunos etéreos pero amables, corteses e ingenuos con los que tal vez no compartan su misma generación, de una manera bastante peculiar. Ya no hace falta tener que armarse de la imaginación para construir algún cuento del tío. La cosa es más directa y lo peor… de tan natural, uno jamás sospecharía lo que le puede pasar en el próximo minuto.

“Eh, flaco! Me das la hora?!”. Frase conocida si las hay y que la escuchamos bastante seguido si andamos en la calle (a veces, en la casa de uno también suele pasar). Negarle a alguien la hora… no sé si es como negarle agua, pero parecido, más si ven que tenés un relojito en la muñeca. “Son las tantas y tantas”, y léase “tantas” como “X”… de responder con eso, nos recibimos el dulce regalo de una mirada de odio o extrañeza. Y acá, ni bien uno termina de marcarles en qué momento de las 24 horas del día se encuentran, hace su aparición la seguidilla de frases claras, evidentes y fulminantes que hacen a la presencia de un momento de terror: el robo. “Ahh… y tenés plata? Tenés un celu?”. De responder un cordial “Qué carajo te importa”, vaya uno a saber en qué, en dónde y cómo termina. Entre medio de las preguntas, el pobre samaritano del huso (y uso) horario no sabe para donde escapar, qué hacer, si respirar o hacerse el desmayado, pero el julepe es lo único gratuito que te dan.

Se sabe (extraoficialmente) que hay personas que han sufrido este tipo peculiar de robo en más de dos oportunidades. En un pueblo (si, porque si Tandil es ciudad, sólo lo es en su dimensión geográfica), que no podamos darle la hora a un convecino, es señal de que la cosa está peor de lo que uno piensa. Esto fue un aporte desde la ahora nueva sección del portalito (recién inaugurada y salida del horno… de donde nos metimos hace rato): “Servicio de ayuda para el tandilero etéreo”. Mientras, prosigan con el boca a boca, nuestro medio de comunicación e información por excelencia.

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