sábado, 11 de julio de 2009

Digreciones. Recuerdos de una noche para el recuerdo

Lo bueno de tener este pequeño medio (que tanto puede ser un blog de noticias como un espacio para la reflexión y descarga catártica…”a gusto y piaciere”) está en la libertad de elegir temas y esparcirse (no mucho para no aburrir) en ellos. Como hacer la plancha en el oleaje sideral que se emprende con esa aventura tan propia de la imaginación, la memoria y tantas otras zonas que abarca nuestro abarcativo (o no) cerebro. Esta sección que (presiento y prevengo) será bastante recurrida por quien se encuentra de este lado del monitor, se inaugura, precisamente, con una anécdota de la cual salí ilesa, no así mi compañera de laburo Rayita Verde. Este hecho particular no deja de alucinarme cada vez que emprendo el regreso a mi hogar, vaya uno a saber a qué hora de mi hermana la noche, y desde qué punto de la ciudad, hasta llegar al barrio de la Estación.

No digo todas, pero prácticamente todas las noches, acostumbro hacer recalentar a mi madre, despidiéndome de su llamado a mi pobre celu Nokia 1108 con la frase mejor proferida por mi persona: “En un rato vuelvo” (lo que se traduce en un “se supone que vuelvo”). Aquella noche de 2008, ya no recuerdo si era de otoño o invierno, pero el frescor se hacía sentir y de lo lindo, la reunión entre amigas que hacía un tiempo que no se encontraban (todas juntas todas), en un páramo de la calle 11 de septiembre, hizo que el “vuelvo en un rato” de las 10 de la noche se extendiera hasta cerca de las 3 de la matina (aunque, confieso y lo reconozco… eso ya se convirtió en una rutina en este ente precisa y orgullosamente noctámbulo). Ese mismo noctambulismo es el que me permitió el ser parte de un hecho único (y lo vengo comprobando hace ya bastante tiempo luego de aquella cobijada de las estrellas), pasado e irrepetible. Como en otras notas hemos expuesto, es justo y necesario que se alineen los diversos astros que componen nuestro cosmos galáctico para que se den tamañas circunstancias.


Resulta ser que, luego de una bella velada en donde no faltan las risas que del nivel de la carcajada pasan al ahogo (por alguna tos que surge como consecuencia inevitable) y el llanto (cuando no el arribo del sr. Pedicus Depresivicus), decidió parte de este grupo de amigas ponerle fin a la diversión para darle lugar al descanso (que mal no le viene). De ahí, sin mucha plata para el remo que acerca, las que debieron acercar a sus dueñas fueron sus mismos pezuñajes. Casi como haciendo recorrido remisero, estas jóvenes se internaron en la noche, que no les es ajena. Empezaron por lo que tenían más a mano: el barrio de la Estación como para acompañar en la travesía a quien les está hablando en este momento. De esta manera, y al encontrarse ya en pleno corazón de la barriada, estas chicas tropezaron con un algo blanco, que al principio (y a menos de 5 metros) pareció ser un gato. De gato, ingresó fugazmente a la extraña pero real categoría de conejo, por la dimensión de sus orejas. En medio de la esquina que acabábamos de dejar atrás, el maullido sí de un gato (a no pensar mal) que jamás vimos al pasar por allí. Luego de digerir las extrañas apariciones, decidimos continuar el paso, lento y tranquilo, que llevábamos. No así lo hizo Rayita Verde, con quien cruzamos a la otra vereda, nosotras continuando y ella prefiriendo la observación de ese pompón blanco, luz en aquella oscuridad.

No pasaron siquiera 5 segundos, cuando un grito retumbó en la soledad y el silencio de esa cuadra que dormitaba y ya estaría por el cuarto sueño. Rayita Verde se encontró corriendo a todo vapor (teniendo en cuenta que estábamos por la Estación) en dirección directa hacia nuestros cuerpos cuasi zombis, agarrándose la cabeza que ya aparentaba ser un peinado incipientemente afro. Mientras Rayita corría, y nuestras miradas dormidas se dirigían al lugar del grito, de ese mismo espacio un rayo blanco cruzó a la misma vereda en que se encontraba quizá algún pariente cercano. Otro conejo estuvo al lado de Rayita, como contemplando su contemplación sin hacer el menor ruido ni movimiento, de forma tal que esta niña nunca se enteró de su presencia hasta que se lo informamos, después del julepe. Julepe dado no precisamente por la belleza del conejo, sino por la antítesis del mismo. Un oscuro revoloteo que signó la huída repentina de mi humilde cumpa del lugar del hecho, al grito de “Esto no es una paloma, si las palomas no andan de noche!!”. El pánico se apoderó de su cuerpo, que reaccionó más rápido que su propia cabeza, a fin de que no encontrara nido el murciélago que, de buenas a primeras, hizo su aparición como de debajo de las baldosas, como acechando para dar el golpe certero sobre la persona “indicada”, en el momento indicado.

“Definitivamente”, pensé, “esta es la hora en que el zoo no muy lógico despierta y se libera en medio de la noche casi desértica”. Sin embargo, a casi (o más) de un año, paso casi todos los días por esa cuadra de Roca al 1100, sin encontrar rastros ni del gato, ni de los conejos, y menos aún de ese murciélago que naufraga en la oscuridad y las alturas de casas de buen tiraje en años. Más de una vez, pienso que quien escucha esto piensa que se trató de una alucinación, lo que yo también creo. Pero la corrida maratónica de Rayita me devuelve al archivo esa idea. Será que definitivamente se trató de una extraña alineación? Será que esas apariciones, de perra casua y causalidad tienen un ciclo y justo caímos en ese momento y en esa cuadra para observar esa escena mágica? No se. Me canso de caminar esos adoquines, por el medio de la calle, y ninguno de estos bichitos antológicos me acompaña en la locura.

2 comentarios:

mario enrique abait dijo...

Sabrina: no quiero hacer de maestro ciruela, pero, "astigmatismo" se escribe así.

Sabrina Pandereta dijo...

Jeje... definitivamente Rayita Verde tenía razón. Veo que tendré que relacionarlo con estigma y así me quedará como por resultado de un juego de la memoria. Gracias, Mario!! Y lo de maestro ciruela... ya te sale del alma, jejeje. Gran abrazo! de Sabrina