Esta es otra de las historias que me quedaron levitando en el nebuloso limbo de notas inconclusas, hacia fines del Portal. No se trata de una historia robada, sino más explícitamente de una “vida robada”, estando en total sintonía parafrasear el nombre de aquella serie televisiva (no muy alejada de estos días) con el relato de algo tan doloroso como tristemente cotidiano y totalmente real, base verídica de la novela que llevaba esa frase en plural. Vidas, personas de carne y hueso (lamentable afirmación para quienes quieren seguir creyendo que se trata de fantasmas o mitos urbanos); pasan por delante de las miradas de un pueblo que prefiere redirigir los ojos para el lado opuesto, o bien prefiere cerrarlos y dejar que la cosa fluya, con la naturalidad que se confiere, paradójicamente, a lo impune.Para ponerle un escenario al hecho, no hace falta tener que remitirse a más de 100kms de este terruño o viajar en el tiempo, a centenares de años atrás, con el clásico “Érase una vez en…”. Estamos acá nomás. Incluso a la vuelta de casa puede suceder (o estar sucediendo) tranquilamente, a la vista de grandes, niños, jóvenes y el grupo de edad que se nos ocurra agregar, para resumirse en un “todos”. Pero en este caso, el pueblo chico es nuestra querida localidad de María Ignacia – Vela. El espacio está y sólo falta el tiempo. Quien arma estas líneas supone que, por el arraigamiento de la cosa, hace rato que se armó el nido en aquel rincón casi solitario del mundo. La cosa en cuestión no sólo no es tema de chiste, y de serlo, debe ser de muy mal gusto, a lo que la decisión más inteligente es llamarse a silencio. Pero a la hora de denunciar, es obvio que ese mismo silencio se adueña de muchos. Entre nosotros, ni más ni menos que la trata de blancas, la trata de personas, la esclavitud en pleno siglo XXI (y vaya qué tipo de esclavitud!).
El principio de estas experiencias siempre trae, como condimento infaltable, eso que de la historia oficial nació bajo el nombre de “espejitos de colores”. El engaño de un trabajo digno y honrado, que llevará al intento por llegar a conseguir una vida de tales características; un trabajo que de claro pasa al oscuro eliminando la fase del degradé. Y esto fue lo que le pasó a la protagonista, y en ella reflejadas las muchas miles de jóvenes que cayeron en la trampa de estos cazadores demasiado humanos. Desde un sector del Paraguay, sumido en la indigencia, a esta joven le ofrecieron un laburo sencillo: cuidar unos niños de la familia X. Resultó ser que ella conformaría luego parte de una familia X, signada por la clandestinidad, la coima, la perversión y tanta otra parentela oscura. Después de muchas idas y venidas, la desembocadura del peregrinaje del engaño dio en este pueblo del interior de la provincia de Buenos Aires.
En una localidad en la que hay más prostíbulo que escuelas, con muy pocos aldeanos asentados, y una policía que sabe muy bien de que se está hablando… el popular dicho cobra su total dimensión, y la realidad supera ampliamente (nuevamente) a cualquier ficción. En donde ser del exterior es una cosa, y ser de Paraguay es lo mismo que estar etiquetado bajo el rótulo de un animal, casi igual a un papagayo “importado” de forma no muy legal… es prácticamente lo mismo que estar en el infierno. Donde lo más triste es pedir ayuda a gritos con la mirada y la devolución del convecino de temporada es la mismísima indiferencia, el rechazo y el silencio, imágenes de títeres comandados por “los hilos” (o las redes?) de la policía local y el patológico (por no decir enfermo, maniático, perverso, bárbaro –y no por lo genial-, porque al grado de persona es imposible si quiera compararlo) ser que esclaviza a estas personas. Muy pocas veces (pero realmente muy pocas, menos aún que las muertes de obispo o el que las vacas logren el hábito del vuelo) se logra escapar de semejante aparato y no volver (porque en eso, convengamos, si son eficaces las ineptas –ya digo, para algunas cosas, principalmente si tocan SUS intereses- fuerzas del deber). Y cuando eso pasa, todas las condiciones que se escriben (o están escritas) en el destino deben darse de tal forma (algo así como encontrar el momento justo en que todo el sistema solar se alinea en la más perfecta posición), que quien de allí regresa a la libertad puede contar la historia de su historia, recién llegada del seno mismo del infierno. Claro…siempre y cuando el cazador no vuelva a cazar a su presa de su misma especie, conminándola ahora al terror hecho acción y a la muerte una consecuencia “inevitable”, símbolo del castigo ejemplar.
Ese es el escenario velense. Imagínese, querido lector, la realidad de nuestra comarca, híbrido entre el pueblo y la ciudad, social y geográficamente, respectivamente: esta misma realidad, multiplicada mucho más que por múltiplos de diez. Es cuestión de remar en contramano de un "No te metas" que pretende ganar una batalla que muchos dan por pérdida. Sin embargo, un foquito verde que nunca se apaga es lo que llama a reavivar la esperanza de que tamañas situaciones se acaben, y por fin la justicia no sea un tabú ni una utopía, sino que sea práctica, como debería ser.
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