Luego de la trascripción de la circular rectangular que habemus recibido, y dando los saludos pertinentes a esos jóvenes, mandándoles con ellos los respectivos a nuestras familias (de paso, se los repetimos… estamos bien, papás y mamás!! Pero intenten no mandarnos comida muy congelada y encima enlatada, porque acá no tenemos microondas!! Igual, todo bien con el sol), nos dignamos a mirar un poquito más descansados a la comarca. Divisamos algún que otro quilombaje y revueltaje en la Casa del Pueblo, pero notamos algo que en el llano no se ve, pero sí cuando uno está fuera del cuadro... o, al menos, de aquellas cuadras que hacen a lo urbano, y encima toma altura.Hay cosas que se extrañan con alma, corazón y vida cuando se está lejos del pueblo. Ni mencionar el fervor tandilúrico que le trepa a uno cuando vuelve a su lugar en el mundo, al ver como se va dibujando en el horizonte el contorno serrano, tan característicamente nuestro, en medio de la monotonía de la llanura (que, de seguir explotándose a las lomitas, muy pronto integraremos esa categoría deprimente). Y es cuestión de ir ingresando por alguna de las entradas a la serrana gentil, que el ambiente toma una extraña espesura y pesor. Como si en lugar de atmósfera, tengamos una neblina y humedad constantes, más allá de la seca que constituye a la esencia del tandilero tipicus.
Pero en fin, volviendo a lo nuestro, este fenómeno se distingue claramente desde cualquier espacio elevado a los demás mortales y relativamente alejado del aleph. Para hacerse una escapada rápida y tomándose un atajo, invitamos a que suban a acompañar por un rato al amigo Abait en el Morisco. El “Gasparín” poco amistoso que sobrevuela y se expande por todo los rincones de la comarca no es producto esencialmente residual de las chimeneas, salamandras (no anfibias) o cosa que se tenga prendida a los efectos de tener el calor no humano que nos está haciendo falta. No. Es otro tipo de calor, un calor humano no afecto a lo afectuoso, ni al cariño. No. Entre nosotros, la caldera del “Infierno grande” que llevamos dentro se hace presente, expresa y tangible. Entre nosotros, la señora Envidia. Con ella a nuestro lado, cualquier paso se hace intransitable y cualquier detención insostenible, cualquier encuentro inaguantable, mientras la Mediocridad, sus medios ocres y sus medio-ocres, junto con la Hiper-Hipocrecia, pasan caminando, todos juntos y contentos, con la chapa de ser los personajes más aclamados y solicitados de todos los tiempos. Y lamentablemente tienen razón de sentirse tales, porque lo son. El presente y el futuro, cercano y no, no tienen visos de cambio; saben que ese destino está escrito a y en fuego, desde el mismísimo momento en que el nacimiento de la que sería nuestra futura ciudad daba a luz un aborto.
La creatividad e ingenio del que intenta salirse del marco, de la estructura, de su propio destino como intento de profeta en su tierra, son signados bajo el estigma del “pobre loco” o el incomprendido o “el taramba que no le gusta laburar”, y de ahí es condenado al ostracismo, como en la Antigua Grecia. La cosa no decanta y, menos aún, pretende cambiar. La vaca no se mueve y los relojes siguen con su emprendido camino hacia la inversa, “atrasando pa’ no aflojar”. Los vendedores de vida hace rato que se agotaron y hay muchos que no alcanzaron a comprarse o conseguirse una vida propia. A todos esos me los cruzo cuando bajo del Cerro, cuando voy por el medio de la Plaza del Centro y te observan con un scanner instalado a fuerza de golpe en la retina, como una extensión necesaria para sobrevivir en la lucha darwinista de la envidia por la envidia misma. Después, no se me vengan a quejar si los devoran los de afuera. Pero un gran amigo (y cuando digo gran, es gran), alguna vez, en una mesa de café que, espero, vuelva con prontitud, sentenció a los pocos vientos que entraban por la rendija de la ventana: “El día que no le des cabida a la mirada cargada con malicia del otro, ni a la institución del ‘qué dirán’, estarás a tres pasos de lograr la felicidad plena.” Eso se intenta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario